Demonio de la guarda.

A cada paso que da con sus altas botas blancas en las calles de la ciudad mas sucia yo la persigo saltando de una a otra cornisa con mis pies descalzos acechando a cada individuo que la tome de objetivo. Todos, cada uno, hasta el más mínimo paso que da, resuena en mis oídos como el tic tac del reloj más grande en la ciudad. Eventualmente el ruido de la ciudad no la deja dormir, es en esos momento que resulto culpable de alguna catástrofe para pedir a esta escandalosa población un minuto de silencio; es para que duerma cada noche que trato de mantener un perpetuo caos en su pequeño universo, de esos extraños hechos me declaro culpable, y competente. Cuando abre sus ojos, su mirar puede cortar la circulación sanguínea de quien sea que tenga en frente, y si al salir su mirada es tenue, la mía cortara la calma, la tormenta o cualquier situación de la intemperie. Su vida la mantiene corriendo como fugitiva por calles deambuladas por personas innecesarias, su horario me mantiene en constante desplazamiento entre gárgolas y balcones como el traceur más entrenado. Sus días son fugaces, simples momentos a mi parecer, mantener firme el asfalto por donde pasa es una actividad que genera un placer muy efímero y doy por obviado que no siempre veré su reflejo en cada cristal que encuentre pero hasta que su sombra se apague contará sin saberlo con un guardián al que le designaron el cuidado de algo demasiado perfecto como para permitirle algún daño de carácter serio.

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