Distancia, equitativa, y distantes.

Un salto, un pequeño golpe, bajar la palanca de seguridad y sentir el impulso gravitatoriamente nulo que me lleva a la cima de ese imponente monumento terrestre; cae nieve y se deposita en cualquier superficie posible, y los copos casi opacos empiezan a bloquear cada color existente lo que impide ver a cualquier otra persona en el área, todos en la misma linea pero imposible sentir su presencia en ese ningún lugar de color blanco grisáceo, atravesado únicamente por un cable de acero que se pierde en la niebla, lo que sugiere la duda: Sabes donde estas realmente?

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En mi valija.

Siempre llevo todo tratando de no llevar nada, tengo siempre encima cualquier cosa que siempre falta pero nunca nadie empaca; necesito estar al alcance de mis herramientas, necesito la seguridad que me representan.

Pero nunca traigo nada, por qué lo haría? Prefiero mantener las cosas en su origen, su naturaleza; y que me signifiquen un motivo para regresar.

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Demonio de la guarda.

A cada paso que da con sus altas botas blancas en las calles de la ciudad mas sucia yo la persigo saltando de una a otra cornisa con mis pies descalzos acechando a cada individuo que la tome de objetivo. Todos, cada uno, hasta el más mínimo paso que da, resuena en mis oídos como el tic tac del reloj más grande en la ciudad. Eventualmente el ruido de la ciudad no la deja dormir, es en esos momento que resulto culpable de alguna catástrofe para pedir a esta escandalosa población un minuto de silencio; es para que duerma cada noche que trato de mantener un perpetuo caos en su pequeño universo, de esos extraños hechos me declaro culpable, y competente. Cuando abre sus ojos, su mirar puede cortar la circulación sanguínea de quien sea que tenga en frente, y si al salir su mirada es tenue, la mía cortara la calma, la tormenta o cualquier situación de la intemperie. Su vida la mantiene corriendo como fugitiva por calles deambuladas por personas innecesarias, su horario me mantiene en constante desplazamiento entre gárgolas y balcones como el traceur más entrenado. Sus días son fugaces, simples momentos a mi parecer, mantener firme el asfalto por donde pasa es una actividad que genera un placer muy efímero y doy por obviado que no siempre veré su reflejo en cada cristal que encuentre pero hasta que su sombra se apague contará sin saberlo con un guardián al que le designaron el cuidado de algo demasiado perfecto como para permitirle algún daño de carácter serio.

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Y aquí empieza todo.

Entonces tomo el arma, pensó un momento en la cantidad de veces que pidió el deseo, se apuntó a la cabeza, y disparó… Volvió al punto de partida y consiguió otra oportunidad.

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Quiero ser un demonio.

Quiero la piel dura y rocosa que me permitirá soportar cualquier disparo al corazón; quiero un cráneo lo suficientemente sólido como para mantener la cordura dentro de mi cabeza; quiero las nobles alas que me permitan estar por encima de los mortales… Aterrar multitudes con el enfoque sobrenatural de mi mirada; destrozar almas con mis garras; dejar de sufrir frío y provocar ácidas quemaduras con mis respiros; olvidarme del cansancio, el abre y la muerte para comenzar a generarlos y mantenerlos constantes; divertirme con el sufrimiento y saciarme a base de sangre y lagrimas. Quiero hacer lo que ellos hacen, quiero lo que los humanos quieren.

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Adiós Mortales…

Me voy a un mejor lugar.

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Enfréntame para saciarme.

Puedes interferirme y buscar sin éxito la manera de nublar mis pensamientos y salirte de mi objetivo. Puedes localizarme y buscar sin sentido mis debilidades, mis deficiencias naturales y mi ente emotivo. Puedes atacarme y sin motivo tratar de desacreditarme, dejándome mal parado frente a tu persona imponente. Pero fallaras tratando de buscar la furia en mi alma; la que no hará falta para decidir si torturarte generosamente con mis bélicos instrumentos, o liquidar eternamente tu estructura con la densidad infinita de mis palabras. Así finalmente cuando pretenda que se salden las cuentas, varás el saldo de tu karma en números rojos, verás mi deseo de destrucción en el autentico color de mis ojos, y sentirás nada más que la tenacidad de mi voz.

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Enfermedades mentales.

Contraje una de las peores infecciones que podemos sufrir los seres racionales: El aburrimiento.

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Charla reflexiva

- Tendríamos que traer nieve, alguno podría llevar una conversadora.

- Será una conservadora, no?

- No, una conversadora, para convertir de euro a dolar :D

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Él me dijo.

Luego de la larga discusión, me aseguró que lo ultimo que yo escucharía en vida sería su voz imponente, pero gané la apuesta, ya que inmediatamente después de decirme esto le corté la lengua con unas tijeras.

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